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14.3.12

RELATOS DEL HUMO (Y HACHÍS) / PEPE PEREZA

El libro contiene dieciocho relatos y está dividido en tres partes. La primera y más extensa, la forman ocho historias de no-ficción (me permito utilizar el término que en su día acuñó mi amigo el poeta y narrador David González) El compendio de estos relatos es un viaje iniciático que comienza en mi adolescencia y viene a concluir acercándome peligrosamente a la cincuentena. En ese recorrido dejo constancia de mis primeras lecturas de libros de aventuras y cómics de superhéroes, de los inicios con las drogas, del descubrimiento crucial de escritores como Bukowski, también hablo de mi fallida carrera en el mundo de la interpretación, de mi acercamiento a la literatura, de mis sueños, inquietudes, miedos y alegrías... 

La segunda parte la he titulado Híbridos, consta de cinco relatos donde se mezclan realidad y ficción. Cierra el libro una última sección en la que incluyo cinco relatos única y exclusivamente de ficción. 

Todas las historias que conforman el texto tienen un nexo de unión, ese vínculo a primera vista puede parecer que es el humo de los cigarros y el olor dulzón del hachís, de ahí el título, no obstante, ni el tabaco ni el costo son los protagonistas de las historias, tan sólo forman parte del atrezo. La soledad del individuo es motor que pone en funcionamiento la trama y a sus personajes. Este es un libro de soledades. Soledades, que las menos de las veces gozamos y la mayoría sufrimos. 

Espero que disfrutéis con la lectura del libro y que seáis muchos los que lo compréis. 

Un abrazo 

pepe pereza 


Prólogo: David González
Fotografía cubierta: Capear
Figura Origami: Óscar Cardeñosa
Correctoras: Adriana Bañares Camacho & MJ Romero

 Editorial Origami: http://www.editorialorigami.com/tienda/index.php?route=product/product&product_id=58

Blog de Pepe Pereza: Asperezas

25.5.11

La embarazada / Pepe Pereza

Ana acababa de salir de la clínica donde le habían hecho una ecografía. Caminaba por la calle mirando boquiabierta la foto que le habían dado. En ella se podía distinguir a un pequeño feto de perfil,perfectamente normal de no ser por unas pequeñas alas que sobresalían de su espalda. El ginecólogo le había dicho que todo era normal, que esos dos pequeños apéndices de la espalda posiblemente eran manchas desenfocadas del negativo, provocadas por los movimientos del feto. Pero Ana veía claramente que no eran manchas. Eran alas, como las de los gorriones recién salidos del huevo. Cuanto más se fijaba en la foto más convencida estaba. Su futuro bebé era un querubín en proceso de transformación. No se sentía preocupada por la anomalía de su pequeño, más bien todo lo contrario. Intuía que su hijo iba a ser alguien muy especial, un ser maravilloso que traería cosas buenas a este mundo. Se llevó las manos a la tripa y se la acarició. Entonces sintió un leve cosquilleo en su interior, algo parecido al aterciopelado roce de un puñado de plumas. No le quedó duda. En su interior llevaba un ángel.

Copiado de MOMENTOS EXTRAÑOS DE PEPE PEREZA,
Edición digital de Groenlandia
Prólogo de MJRomero (Alfaro)
Epílogo de Adriana Bañares Camacho
Depósito legal: CO-573-2011
Córdoba, 2011

26.3.09

Ruidos / Pepe Pereza

No eran las ocho de la mañana cuando comenzaron los ruidos en la pared. Alguien al otro lado estaba taladrando un tabique y el estruendo era insoportable. Él se despertó malhumorado.
- Joder, es para denunciarlos.
Ella seguía durmiendo a pesar del alboroto.
(Amenazante) -Como me levante se van a enterar.
Ella arrugó su nariz y se dio media vuelta llevándose gran parte del edredón. Él sintió envidia de la placidez del sueño de su compañera. El ruido cesó de pronto y la tranquilidad y el sosiego regresaron al dormitorio. Él tiró suavemente del edredón y, una vez que hubo recuperado su parte, se acurrucó junto a ella tapándose la cabeza con la almohada e intentó seguir durmiendo. Con el calor que ella desprendía y el silencio reinante en la habitación pronto logró su objetivo. Soñó que el mundo era caliente y seguro, que todo era perfecto... hasta que el ruido regresó. La broca taladrando la pared le despertó de golpe, aquello fue como si un ingrato cualquiera le hubiera empujado a una piscina de aguas heladas.
-¡Joder! Ya están otra vez.
Perdió los nervios y se lio a golpear la pared con los puños cerrados.
(Gritando) -¡Como no pares con ese taladro voy a llamar a la policía!
El ruido se interrumpió de golpe. Él esperó, intuyendo que no duraría... Nada, silencio sepulcral, quizás habían captado su mensaje, el caso es que continuase así. Se volvió a tapar la cabeza con la almohada y en menos de un minuto ya estaba dormido. Ella caminaba por la orilla del mar, un mar azul celeste que parecía sacado de un lienzo impresionista, él la observaba tumbado en la arena, veía su figura recortándose contra el ocaso del día, en una aureola de luz ámbar y reflejos saltarines. No podía creerse la suerte que tenía, ella era una Diosa, una mujer que nunca hubiese imaginado tener y sin embargo, ya llevaban casi dos años de relación. Las olas que rompían en la orilla dejaban estelas de gotitas de agua en el aire que reflejaban pequeños arcos iris, dibujando una estampa de colores majestuosos... Un estruendo borró de golpe las coloridas pinceladas de su mente. El ruido de la broca taladrando la pared ocupó todos los rincones del dormitorio, él se incorporó y saltó de la cama.
-La habéis cagado, cabrones.
Salió del dormitorio, al rato entró con un martillo en la mano, se acercó a la pared y empezó a golpear con rabia. Ella se despertó.
-¿Me oís, cabrones? ¡Quiero dormir!
(Malhumorda) -Yo también quiero dormir.
-Llevan una puta semana haciendo agujeros en la pared.
-Metes tú más ruido que ellos.
(Indignado) -¿Cómo puedes decir eso...?
-Porque es verdad.
-Nunca te pones de mi parte.
-Déjame en paz, quiero dormir.
Los ruidos ya no le importaban. Se sintió tan dolido que no tuvo fuerzas para meterse de nuevo en la cama. Se vio reflejado en el espejo que colgaba de la pared del dormitorio, estaba ridículo blandiendo el martillo en calzoncillos, lo dejó resbalar entre sus dedos y cayó al suelo golpeando las baldosas.
(Sobresaltada) -¡¿Quieres dejarme dormir de una puta vez?!
-Yo sólo quería soñar contigo.
-Vete a la mierda.
Ella se cubrió la cabeza con el edredón, él salió de la habitación y se fue a dormir al sofá. Soñó con aviones y otras cosas. No era lo mismo.


(Del libro inédito Amores Breves de Pepe Pereza, clik aquí para leer otros Amores Breves)

11.2.09

Suciedad / Pepe Pereza

Calculó mal sus fuerzas al abrir la caja y todas las cerillas cayeron a los pies de la cama. Alargó el brazo, cogió uno de los fósforos caídos y se encendió un cigarro. Después de exhalar una calada de humo observó el suelo de la habitación, además de cerillas había pelusas de polvo, pelos y ácaros esparcidos por las baldosas, había varias servilletas de papel arrugadas con las que se había limpiado el semen después de masturbarse, llevaban días allí tiradas. Montones de ropa sucia se acumulaban por los rincones, los zapatos descansaban en mitad del cuarto, uno boca abajo y otro, a un metro de distancia, yacía de lado. Sobre la mesilla un cenicero lleno de colillas y ceniza, círculos secos de vino peleón que señalaban dónde había estado apoyada la botella, y sobre todo... polvo por todos los rincones... Sobre los libros, sobre la cama, entre las sábanas, encima de la lámpara... Toda la casa era un cuchitril, una cuadra.
Se sintió deprimido. Todas las noches antes de dormirse se prometía que por la mañana haría limpieza, pero cuando conseguía levantarse nunca tenía ni ganas ni fuerzas suficientes para afrontar la tarea que él mismo se había impuesto.
Desde que ella le dejó apenas tenía fuerza para moverse. Su vida era un completo desastre. Miró el retrato que estaba en la estantería, ella le sonreía desde dentro del marco. ¿Por qué seguía su foto allí? Ni siquiera él lo sabía. Cogió la botella y bebió hasta acabar el vino. En cierto modo se había abandonado a las circunstancias. El dolor y la depresión estaban acabando con él, y no oponía ninguna resistencia. Había dejado su trabajo y se mantenía encerrado en casa sin comer apenas, tratando de olvidarse del mundo, de su dolor, de la suciedad, de todo. Nunca contestaba al teléfono, ni abría la puerta a nadie. No quería que lo viesen en ese estado, quería sufrir su desesperación en soledad, sin estímulos que vinieran de afuera. Mientras la suciedad avanzaba como un ejército que ganase posiciones en el frente de batalla, conquistando cada centímetro de terreno y él dejandose morir como un miserable cobarde.

(Del libro inédito Amores Breves de Pepe Pereza)



1.12.08

EL PERRO DE LA LECHERÍA

Relato inédito de PEPE PEREZA

Lo recuerdo tumbado y dormitando a la entrada de la lechería. Era un viejo pastor alemán, enorme y bonachón, al que tenías que pasar por encima para poder entrar por la puerta del local. Él ni se inmutaba con el continuo ajetreo de los clientes. De vez en cuando, abría su bocaza en un gran bostezo para luego recogerse la cabeza entre las patas delanteras y volver a dormirse. Pasases a la hora que pasases, él estaba ahí, durmiendo bajo el quicio de la puerta de la lechería. Cuando acompañaba a mi madre a por la leche, me gustaba quedarme con el perro mientras ella entraba en el establecimiento. Le acariciaba la cabeza y los lomos, y él me miraba durante un breve instante, con los párpados medio cerrados, antes de quedarse dormido de nuevo. A veces le hablaba en voz baja y le decía lo bonito y bueno que era. Él hacía un amago de levantar la oreja y seguía durmiendo. Entonces, le llamaba dormilón y volvía a acariciarle. Cuando mi madre salía con la lechera llena, yo me despedía del perro dándole unas palmadas en los cuartos traseros. Me gustaba aquel perro. Con el tiempo fui cogiendo confianza con el animal y ya no me conformaba con acariciarle mientras dormía. Yo quería que me prestase atención y trataba de despertarle soplándole en el interior de sus orejas o sobre sus párpados. Hasta que una mañana me mordió en la zona del ojo derecho. Lo hizo sin intención de hacerme demasiado daño, sólo quería avisarme. Con esa boca, si hubiera querido, me habría arrancado el cuello, pero solo fue un pequeño aviso, un toque de atención. Sin embargo yo me asusté mucho al ver que sangraba y me puse a llorar. Pensaba que me había reventado el ojo. Mi madre salió alertada por mis lloros y al verme sangrando se puso histérica.
-¿Qué te ha pasado?
-Me ha mordido el ojo.
A partir de ese momento todo fue bastante confuso.Mientras me hacían una cura de urgencias en la misma lechería, mi madre abroncaba a los dueños por dejar al perro suelto y amenazaba con ponerles una denuncia. Después de que me limpiasen la herida, y me tapasen el ojo con gasa y esparadrapo, mi madre y yo atravesamos el pueblo hacia la consulta del médico. Llegamos a la plaza, estaba llena de puestos, ya que ese día había mercado. Mientras pasábamos entre los puestos de frutas, ropa y zapatos, yo, lleno de angustia, daba mi ojo por perdido.
-Mamá, ¿me voy a quedar tuerto?
-No lo sé, hijo. No lo sé.
Me dolía tanto que di por sentado que ya lo estaba. Sopesé las dos única opciones que se me ocurrieron. O que me pusieran un ojo de cristal o un parche. Después de meditarlo un poco, me incliné por el parche, al menos me daría un aspecto de pirata. Con el ojo de cristal seguro que los chavales se reirían de mí, sobre todo Jacinto el Malo.
-¿Le hiciste algo? -preguntó de pronto mi madre.
-¿Qué?
-¿Que si le hiciste algo al perro?
-No -mentí.
-Algo le tuviste que hacer.
-Solo le estaba acariciando.
Mi madre dio por buena mi respuesta y tiró de mi brazo acelerando el paso. Al poco, llegamos a la consulta del médico. Después de examinar mi ojo durante un buen rato y ponerme dos inyecciones, el médico nos dijo que no había por qué preocuparse, que el ojo estaba bien, a falta de que se curasen las heridas y bajase el hinchazón. Con mi ojo sano vi cómo mi madre recuperaba la alegría y yo respiré aliviado. Al final, no iba a necesitar el parche. Ya en casa, mientras comíamos, mis padres estuvieron hablando de ponerle una denuncia a los dueños del perro, también hablaron de sacrificarlo. Se me heló la sangre, ¿sacrificarlo? Pero si fui yo quien le provoqué. La angustia por mis remordimientos me hizo llorar.
-¿Se puede saber por qué lloras ahora? -dijo mi padre sorprendido por mi reacción.
-Todo es por mi culpa... Le soplé dentro de las orejas y por eso me mordió.
-Ya me extrañaba a mí que te mordiera sin más -apuntilló mi madre.
Al final, no hubo ni denuncia ni sacrificio. Todo continuó como siempre. Cuando íbamos a por leche, yo me quedaba acariciando al perro mientras mi madre entraba en el local. Nunca más volví a soplarle dentro de las orejas. Y me alegré de que el perro siguiese allí, vivo, durmiendo bajo el quicio de la puerta de la lechería. Insisto me gustaba aquel perro.

17.10.08

EL PRIMER DÍA DE COLEGIO

Relato inédito de PEPE PEREZA

Antes de entrar en el aula mi madre me hizo prometer que no lloraría y me portaría bien con la profesora. Sin embargo, todos los niños que estaban con sus madres ya estaban llorando. A mí también me hubiera gustado llorar, me hubiera ayudado a soltar los nervios que acumulaba en el estómago, pero la promesa hecha a mi madre me obligaba a aguantarme. El día anterior mi abuelo Indalecio me había dicho que hoy sería el día más importante de mi vida, que el saber y el tener cultura era lo mejor que me podía pasar. Hasta ahora yo había estado sin cultura y me había ido bien, no entendía por qué tenía que adquirirla entonces, además, yo no tenía ni idea de qué significaba cultura.
-Mamá, ¿qué significa cultura?
-Significa conocimiento, dijo ella sin apenas mirarme.
Conocimiento, ¿y para qué quería yo conocimiento? Los berrinches de los demás niños hacían que sintiera más miedo del que ya tenía. Me agarré a la mano de mi madre. Si aquello era lo mejor que nos podía pasar, ¿por qué estaban todos llorando como si los fuesen a matar? Intenté concentrarme en las cosas agradables que me gustaba hacer: subirme a las encinas, dibujar vacas, jugar al escondite con los chavales del barrio o..., era difícil evadirse con tanto niño llorando. Miré a mi madre, ella estaba pendiente de si abrían la puerta del aula, parecía que tuviera prisa por dejarme allí, seguramente por haber dejado a mi hermana sola durmiendo en casa. Quise decirle que nos fuéramos de allí, pero sabía que no la iba a convencer, así que me callé y no dije nada. De pronto me fijé en que al final de la fila había un niño, que al igual que yo, no lloraba. Se mantenía callado y cogido a la mano de su madre. Él se dio cuanta de que le estaba observando y me miró de arriba abajo con cierto desprecio. En respuesta, yo le saqué la lengua y él me amenazó con el puño cerrado. Apreté los dientes como si fuera un perro rabioso y se los enseñé. Él miró de reojo a su madre y, viendo que estaba hablando con otra madre, aprovechó para hacerme un corte de mangas. Aún no habíamos comenzado las clases y ya tenía un enemigo. La puerta del aula se abrió y salió una señora mayor, bajita y con gafas que anunció que ya podíamos entrar. Aquello hizo que todos los niños que ya estaban llorando se pusieran como locos. Los berrinches se convirtieron en pataleos histéricos y ataques incontrolados de pánico. Quizá porque sabían que ya no había vuelta atrás. A mí también me hubiera gustado llorar y patalear, pero no lo hice. No por la promesa que le había hecho a mi madre, sino por ese otro niño que seguía sin llorar, mirándome con ganas de pocos amigos. Quería demostrarle que era tan valiente como él, o más. Puse cara de chulo y en un arranque de coraje me dispuse a entrar en el aula.
-Acuérdate de lo que me has prometido... -dijo mi madre cascándome un beso en la cara- y sé bueno.
-Vale, contesté sin quitar ojo a mi enemigo.
Me dirigí al aula y entré. Fui el primero en entrar. A los pocos segundos entró él, mi enemigo. Le miré con desprecio, como diciéndole que era un segundón. Elegí un pupitre y me senté. Él hizo lo mismo al otro extremo del aula. Después fueron metiendo a los demás niños. Al cabo de unos minutos todas las madres se habían ido y nos quedamos solos con la señora bajita y con gafas. Cuando todos los niños estaban sentados detrás de sus pupitres, la señora bajita se presentó:
-Hola a todos. Soy la señorita Natividad, pero podéis llamarme señorita Nati. A partir de ahora voy a ser vuestra profesora...
Algunos niños seguían llorando en silencio, aunque la mayoría ya se había callado y prestaba atención a la señorita Nati.
-... ¿Alguno de vosotros sabe leer o escribir?
Todos guardamos silencio, incluso los que lloraban. Miré hacia donde estaba mi enemigo. Él me miró a la vez. Me puse en pie y dije:
-Yo no sé leer ni escribir, pero sé dibujar vacas.
-¿Cómo te llamas?- me preguntó la señorita Nati, con una sonrisa en su cara.
-José Pérez Gil, pero puede llamarme Pepito.
- Muy bien, Pepito, dibújame una vaca... Es más quiero que todos me dibujéis algo bonito.
Saqué un cuaderno y un lapicero de mi cartera y me puse a ello, pero antes eché una ojeada hacia mi enemigo.
-Perejil-. Me llamó con voz baja y vocalizando exageradamente para que yo pudiera entenderle.
Le hice un gesto con la mano advirtiéndole de que se la estaba ganando y él volvió a hacerme un corte de mangas. Decidí que era mejor concentrarme en hacer un buen dibujo. Otra cosa no sabía, pero dibujar vacas era lo que mejor se me daba. Me esforcé y conseguí una de las mejores vacas que había dibujado hasta entonces. Me levanté de mi silla y le llevé el dibujo a la señorita Nati.
-¿Ya has terminado? ¡Qué rápido!- Me dijo sorprendida.
Observó el dibujo con admiración. He de aclarar que yo me había pasado meses dibujando vacas, sólo vacas, y había llegado a hacerlo bastante bien, incluso para mi edad.
-¡Está muy bien! Pero que muy bien... Dibujas muy bien, Pepito-.Me dijo mientras me daba unas palmaditas en la espalda.
Regresé a mi asiento sin dejar de mirar a mi enemigo. Él se hizo el sueco y siguió dibujando en su cuaderno. Antes de acabar la clase supe que se llamaba Jacinto Revilla. Yo siempre le llamé Jacinto el Malo y desde ese día fue mi peor enemigo.