8.7.10

Cualquier parecido con la realidad es pura norma ortográfica

Lo poético solo avanza desde ti y hacia ti. Una línea de sombras que no suele romperse. 
¿Y usted de qué aguas bebe, señor?  ¿Aguas bravas quizá?
Una vez el otorrino me preguntó ¿qué número le pondrías a tu dolor de cabeza en una línea del uno al diez? Un ocho. Y me respondió ¿tanto? No lo dudé. Tanto. Yo tenía clara mi línea. Y seguro que él, la suya. Dos líneas de sombras. Imaginarias. sobre ellas caminaba el dolor. Estaba cerca de la insoportabilidad. Ya casi que estaba en ella. El dolor hacía que las lágrimas saltasen y afilaba los rasgos de mi cara, me inmovilizaba, no me dejaba oír, a penas podía abrir los ojos. No creí necesario explicar por qué elegía el ocho, por qué aún me daba dos grados de margen, pensaba en la linea transversal del tiempo, no sé si podré soportarlo dos días más, le dije. Mi línea imaginaria del dolor solo iba de mí hacia mí. No podía superponerla sobre otra línea. Pero el lenguaje es así de tramposo. Nos hace creer en líneas comunes que pueden medir el dolor de otro.
Nunca beberé de sus aguas, señor. Probablemente usted tampoco beberá nunca de las mías. Cuestión de poéticas. Cuestión de palabras. De líneas imaginarias.
Cuestión de que la hierba que como no siempre es verde o amarilla. Cuestión. De que no siempre pasto en los mismos prados. Cuestión de que soy muy cabra. Una cabra fea y vulgar. Una cabra marina. O alpina, si lo prefiere. Y salto cual cabra alpina por mi propia línea imaginaria, desde mí hacia mí. Única y exclusivamente. Solo mía. Muy mía. Como el dolor. Como cualquier poética.
Y usted, doctor, ¿cree que habrá línea para baremar la poética de cabra?

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