26.12.07

Los templarios del abuelo

Habéis esperado a las vacaciones para rellenarme la agenda. Como me tenéis requisado el móvil, cuando J. y S., sin avisarme previamente, vienen a buscarme estoy en lo mejor del juego y no puedo ir con ellos. Entonces llega la regañina porque no soy capaz de dejar el juego e irme con ellos. Si vosotros no tuvierais toda la tarde el teléfono comunicando... Cada vez sois más unos superegos, o sea, unos supercensores, y menos mal que hemos pactado y puedo salir en los recreos. El fin de semana, libre, pero si no vienen unos, vienen otros y tengo que estar en casa. Claro que este sábado es distinto, siempre espero la llegada de los abuelos, no, del abuelo, ahora ya sólo viene el abuelo. Anda, abuelo, vuelve a llevarnos a ver la tumba de los templarios. Luego la abuela te reñirá, no les cuentes esos cuentos, L., qué manía con contarles mentiras, regaña la abuela. De esos cuentos nació mi afición a la historia.
Tengo que hacer los ejercicios de filosofía, reflexiones, que nos mandó hacer H. El último día de clase intentó convencernos para ir a la carrera de San Silvestre. Es que me canso. Qué te vas a cansar L., me dijo, si luego te dan una coca cola y no sé qué más y no sé qué más. Claro, como él todos los años corre... Las reflexiones podía hacerlas mi madre, siempre va a lo suyo, reflexionando. El otro día se enfada porque le digo: mamá, parece que vas dormida. ¡Despierta! Y era verdad, la gente pasando a su lado saludándola y tenía que devolver yo el saludo porque ella no se enteraba. Además me llevaba tan a las carreras que parecía que estaba haciendo la carrera de San Silvestre con H. y me contesta sonriéndose: ¡Ay! ¿Sí? Eso es que estoy muy bien del asma, qué bien, iré más despacio. Pero, por favor, mamá, despierta, regresa a ti y escúchame...

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