15.6.07

Laviana

Si no fuera por el nombre común ni hubiera reparado en los comentarios. Los compañeros hablaban de sexo en un parque y de una chica menor de edad y de Laviana, y yo, claro, fue oír Laviana y ¡zas! la perra Blanqui, el perro Tor, el carro, el tractor, Raquel, mi querida Raquel, que me daba el martillo y demás herramientas para trajinar por los caminos, así que presté toda la atención y no me interesó demasiado en cuanto supe que se trataba de otro pueblo con el mismo nombre, más lejos del mar y creo que minero, nada en común con mi Laviana y mi querida Raquel, y sus voces, y el jardinero que un día supe que se llamaba Toño, y que también era entrañable, vestido de azul mahón y el cigarrillo humeante entre sus labios mientras cabruñaba la guadaña, y que se murió por una picadura de avispa, y por el corazón, una mañana de julio.
Laviana y el mar y el molino y la bomba de agua y el olor de la hierba seca y de las patatas. Laviana y el horizonte de mi vida, cogido de la mano de Raquel para ver las vacas.
Laviana que no tiene parques ni los necesita porque todo es prado, lejos de la otra Laviana que va unida a un escabroso suceso que para nada me interesa.

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