16.2.07

Manzana a los negros

Yo no podía ni imaginarme aquella mañana que vos le ibas a pedir a ella que diera un poco de manzana a los negros. Ella tampoco podía habérselo ni imaginado. Aquella pócima verde giró y se abrió en nuestras cabezas, aquel aroma manzanero, como vos decís, inundó la estancia y nos reímos tanto y tanto que nunca supe si aparecieron los negros, si la manzana llegó a ellos o ellos se deslizaron sobre tus dedos perfectamente articulados precisamente aquella mañana, pero al salir a la terraza de la casa pude ver la manzana, sí, allí estaba la manzana, no me paré a mirar si estaban o no los negros.
Y desde ya te anuncio: este verano no me iré con vos a los desiertos, lo siento, he de inflar las ruedas.